EL LLANTO DE DABAIBE
Por Diana Patricia Pinto
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¡Crrrrrrrraaaack! —gritó la madera viva.
Fue como si al mundo se le quebrara un hueso de la columna.
El lamento de las ramas.
Asesinaron a un guardián.
¡Blaaaaammm! ¡Buuuuummmm!
Cayó
Y la tierra se tragó su peso.
Todo se sacudió como un tambor golpeado con furia.
Quedó un hueco en el aire.
Mil quinientos años haciendo nacer vida. Sosteniéndola.
El suelo tembló. El aire tembló. Los loros gritaron de horror. Despavoridos huyeron los monos arrastrando a sus crías.
—¡Uh! ¡Uh! ¡Uh!
Generaciones enteras crecieron en esa ceiba.
Llegó ella. Tomó forma. Su forma de diosa. De espíritu. Cabellos de lianas. Piel como la luna, cubierta de musgo. La Madremonte. Mito y verdad.
Sollozó en voz alta, acostada en el tocón del guardián caído:
—También cayó dentro de mí. No era árbol. Era hermano. Le abrieron la carne con la máquina de los dientes de metálicos. Un puñal en la memoria viva de mi selva. En mi pecho gritaron sus ramas.
Más ancho que cualquier maloca. Sus raíces sostenían media Amazonía. Ahora es solo un pedazo de madera. Sangra resina. Y la Madremonte se unta de ella. El aserrín huele a muerte.
Entonces lloró. No con lágrimas. Sus ojos no son humanos. Lloró con lluvia. Fshhhhhhhhh Fshhhhhhhhh
El idioma de su ser. Lloró con el cielo.
Siete días, siete noches. Lloró con rabia.
Cada trueno: un grito.
¡Kraaack boom!
Cada gota: una lágrima.
Plin plin plin
Era su duelo. El corazón de la Madremonte, ahogado en una furia hecha agua.
El suelo bebe tristeza. Los hombres se persignan. Las mujeres que sabían oraban pidiendo perdón.
Pero la tormenta no basta. Vio su selva inundada. Mientras los responsables estaban en algún lugar contando billetes manchados de savia. ¿Qué culpa tiene jaguar? Los tucanes no cortaron al guardián. Su furia no era con ellos.
La culpa estaba en otra parte. En el cemento que se cree eterno. En la soberbia de las ciudades que confunden el asfalto con vida.
—Si ellos derriban lo sagrado de mi selva, yo arrasaré su progreso —murmuró, apretando sus colmillos de jaguar mientras observaba el tronco caído.
Su venganza debía llegar a los hombres del progreso.
No al nido, sino a la fábrica.
No al árbol, sino a la retroexcavadora.
Ese día la Madremonte decidió caminar como mujer.
—No me quedaré en la espesura de mi selva. Voy a seguir el río Magdalena desde su nacimiento hasta el mar. Inundaré las ciudades que atraviesa. Quiero ver sus selvas de concreto tragadas por mi furia de agua.
Para caminar entre ellos necesitaba un cuerpo. Tomó forma humana. Treinta y cinco años aparentes. Porque ella no tiene edad. El tiempo no corre en una Madremonte. Ellas existen desde siempre. No hacen conteo de años.
Su piel seguía de un blanco lunar, pero sin musgo. Las lianas se convirtieron en cabello. Verde oscuro, parecía negro. A la luz del sol se veía el verdor. Hojas brotaban de ese cabello. No lo podía evitar. Se las arrancaba con sigilo y cuidado. Sus colmillos de jaguar eran más pequeños. No se notaban si no se reía a carcajadas.
Lograba pasar desapercibida entre los humanos. Se veía extraña, pero no tanto como para alarmar.
Los perros la reconocían: la olfateaban, ladraban y retrocedían gruñendo de miedo.
—El cambio duele como un parto al revés. Los huesos se achican. La piel se suaviza. En mi cabeza sale cabello que es suave de tocar… —pensó, mientras acariciaba sus brazos.
La Madremonte tiene muchos nombres. Escogió uno de tantos: Dabaibe. Suena bonito, también suena humano.
Para salir de la selva, se subió a una canoa con motor. Atravesó el Amazonas. Peque – peque… Peque – peque.
Así sonaba el fuera de borda. Era para ella como un viaje embrujado. Cada golpe metálico, cada peque – peque, era un tambor en su cabeza. La canoa no es pez ni ave ni viento. Era máquina. Y ella la sentía como conjuro.
—Cada sacudida de esta máquina abre algo en el interior: curiosidad por ellos. Humanos. Con su anhelo de movimiento. Con incontrolables deseos de avanzar hacia sitios que no saben ni nombrar — Piensa mientras observa a los demás pasajeros.
Peque – peque… Peque – peque.
—Nunca había oído algo tan feo y tan hermoso. Es como un latido metálico. Extraño… extraño mi rugido de jaguar, pero también me hipnotiza este ruido — exclamó ella, mientras escuchaba el motor de la canoa.
Llega a la otra orilla. Por primera vez camina en un cuerpo que suda. Que apesta. Que se fatiga.
No sabía rutas ni mapas ni direcciones.
—Debo ir a la ciudad principal… y de ahí al nacimiento del río. Ese que atraviesa medio territorio en Magdalena, le dicen —replicaba su mente mientras observaba a la gente.
Ve un bus. Sube. Porque ahí se suben todos.
—¿Para dónde va? —pregunta el chofer, mirándola de arriba a abajo. Algo rara se veía. No era una humana corriente. Hojas en su cabello. Se le notaba el verde oscuro. Sus ojos violetas brillan demasiado.
—¿Para la ciudad más grande? —responde Dabaibe, tartamudeando.
—Ah, para Bogotá. Este bus le sirve para salir de aquí, pero debe tomar más buses. ¿Tiene con qué pagar?
Extendió la mano y aparecieron tres esmeraldas. Cada una del tamaño de una almendra. El hombre abrió los ojos como un par de cocos. Observó las piedras con detenimiento. La dejó seguir.
Es un viaje largo. El olor a gasolina, la marea. Algo que nunca había sentido. No lo entendía. No le gustaba.
La radio estaba encendida. Se oye una voz:
“Good mawnin’, dis ya station for unu… keep safe pon di wata”.
Se le escapó en voz alta:
—¿Qué dijo?
La señora de al lado le respondió:
—Es un programa de radio de San Andrés.
La Madremonte arrugó la cara como quien no sabe nada.
—¿No conoces San Andrés? —preguntó la señora.
Ella negó con la cabeza.
—Una isla bien lejos. Ese es otro mundo, otra Colombia —expresó la señora, con un poco de esa indiferencia dolorosa que absorbe a los humanos.
Siempre Dabaibe miraba por la ventanilla. El paisaje va cambiando durante todos los viajes. Su selva se esfumó. Montañas verdes, blancas, grandes, pequeñas. Sabanas verdes. Sabanas doradas.
El bus se detiene. Baja. Sube a otro. Van dos días. Se pierde. Así de simple. Reparte esmeraldas. Pasajes. Comida. Agua.
Sí. Se pierde entre buses. No sabe dónde está ni para dónde va. Caminos que no estaban en el mapa de su mente de espíritu. Ella sabe de selvas y ríos. De jaguares y de árboles. No de buses y carreteras.
Cuando el bus en el que está llega a la terminal, ella decide parar. Ese cuerpo humano estaba agotado. Huele mal.
Fue a dar a Casanare. Caminaba desorientada por una calle. Y la escuchó. Un arpa. Un arpa llanera. Aceleró el paso buscando el origen del sonido.
Dabaibe tiene oídos de selva. Escucha diferente. Jamás había oído un arpa llanera. Y menos esa combinación de instrumentos que forman el joropo.
Las primeras notas atravesaron el aire que entraba en sus pulmones. Sintió adentro una frescura que producía paz. Como muchas mentas refrescando sus pulmones.
Luego el pecho se le contrajo de manera extraña.
Pasos de animal.
No es una danta.
No es una manada de pecarí.
Caballos. Raros en la selva. No pertenecen a ella.
Eso siente Dabaibe en su pecho. Caballos. Muchos. Galopando rápido y firme. Así suena el joropo en sus oídos de monte. Ella escucha con el cuerpo.
¡Tin, ting, tin, ta, ta, taca, traca, traca, traca, tin, ting!
Aceleró el paso. Llegó a una plaza. Allí, un kiosco muy grande. Un grupo de mujeres bailaban joropo. Se detuvo en seco.
Por primera vez desde que cortaron su árbol, la furia que era fuego en su alma, el incendio forestal en su esencia, desapareció. Se le olvidó la furia. Se transformó en asombro.
El joropo la transportó a la sabana dorada. La vibración del arpa la desarmó. La música le abrió una grieta en la furia.
Ella encontró al arpa. El arpa la encontró a ella. Misterios del destino. ¡Tin, ting, tin, ta, ta, taca, traca, traca, traca, tin, ting!
Clavó los dedos en el jean robado. Respiró a contratiempo para que el pecho no se le partiera.
—Esto crea la especie que destruye mi selva — El desasosiego invadía su mente. La pregunta le dolió como un hachazo en el pecho.
Observa el cuerpo que habita. El joropo le produce sensaciones que no entiende. ¡Tin, ting, tin, ta, ta, taca, traca, traca, traca, tin, ting!
—Esas cuerdas vibran en mi mente. Me hormiguean los dedos con el ritmo. Mejor aprieta las manos para contener estas extrañas ganas de mover los pies — Conversa con ella misma.
Dabaibe, embelesada, observa.
Un hombre mayor toca el arpa con dedos que danzan como libélulas sobre las cuerdas.
A su alrededor, la gente baila. Zapatean los pies, martillando el piso de madera en un ritmo que acelera su corazón.
Una mujer se le acerca, le sonríe y la toma de la mano:
—Venga, le enseño a bailar.
—Sus palmas son ásperas, como las de alguien que conoce el trabajo. Pero suaves como las de alguien que conoce la risa. Estamos en el centro de la pista. Mis piernas están acostumbradas a moverse entre raíces, no a bailar. Aprenden torpemente los pasos del joropo —dialogaba con ella misma.
El arpa la abraza con su sonido de miel líquida. Por primera vez en sí sintió algo parecido a la felicidad. Algo efervescente.
Al bailar, los pies se le enredaron, torpes, y sin embargo algo—una raíz antigua—le sostuvo el ritmo. Sonreía poco, pero cuando lo hacía se le levantaban apenas las comisuras, y los ojos—violeta—se oscurecían.
Las mujeres aplauden.
Los hombres silban en señal de festejo.
Y ella, ella baila.
Baila con sus colmillos de jaguar escondidos detrás de una sonrisa que no sabía dibujar. Una sonrisa tímida y torpe que salía sola.
Ahí conoció a Lucerito, una mujer del grupo que bailaba joropo.
—¿De dónde vienes? —preguntó Lucerito con una breve sonrisa. —Del sur, de Leticia —respondió con timidez Dabaibe.
—Claro, desplazada —murmuró otra mujer del grupo.
No la interrogaron más. Pan caliente, café negro. La trataron como hermana. Todos pensaron que era desplazada. Una más arrancada por la violencia.
Lucerito la invitó a su casa. Le dio un cuarto. Cama con colchón blando. Una muda de ropa. Y comida envuelta en servilletas.
Entró al baño. Ese cuerpo la obligaba.
La primera ducha. Un chorro recto que cae del techo. Entró con recelo, tocó el agua con los dedos, como quien negocia. Un temblor. Luego risa. Risa libre, nadie la veía. El jabón —espuma en las líneas de las manos— le pareció un hechizo. Salió con la piel erizada.
Mientras se vestía, olió su cuerpo limpio.
—Es magia pequeña, se siente bien —susurró.
Se sentó en la orilla de la cama. El joropo le danzaba en la mente y en el corazón. —No se puede odiar bailando. Esa música no es humana —dijo en voz alta. Dabaibe aún no sabía qué significaba exactamente humano.
Se mordió el labio. Se acostó en la cama blanda y se durmió a medias, con los ojos entreabiertos. A los espíritus no les gusta cerrar del todo nada.
Soñó con su árbol milenario bailando joropo. Las raíces zapateaban. No había lluvia en ese sueño. Solo risas.
Pero al amanecer recordó para qué salió de la selva. Y la culpa le ardió en el estómago como veneno de rana.
Desayunó. Conversó. Lucerito le contó su historia. Tiene un hijo que se fue con los camiones de los hombres equivocados y no volvió. En su nevera hay un imán con la foto del muchacho en uniforme de colegio. Lucerito ya no reza. Baila joropo. En el zapateo clama a la justicia que el Estado no les dio.
Las mujeres hicieron una colecta. Ropa usada. Una maleta vieja. Panes envueltos en servilletas con flores y algo de dinero.
—Para que llegue a donde tenga que llegar —le dijo Lucerito con una sonrisa.
Otra vez el peregrinaje en carretera. Sube a buses. Baja en pueblos para subir a otro bus. Perdida. Otra vez.
En un bus, el retrovisor del chofer tenía colgada una ramita de ruda para ahuyentar a los espíritus. Él no sabía que tenía uno montado en el bus.
Tres días entre buses. Otra vez ese cuerpo agotado. Se detuvo en Santander de Quilichao.
Dabaibe tiene nariz de selva. Olfatea distinto. Ese lugar le olía a algo ancestral: cacao. Un árbol de su selva. Un espíritu guardián. Allí olía un poquito a su casa, a su selva. Sintió hogar.
Caminó siguiendo el aroma hasta que llegó a una casa. Un patio lleno de mesas de madera y mujeres.
Pac pac pac… shuf shuf shuf… pac pac pac
Manos de mujer con tierra limpia. El sonido es hipnótico.
Pac pac pac… shuf shuf shuf… pac pac pac
Mujeres removiendo los granos de cacao sobre esteras de caña. El susurro rítmico de los granos al girar bajo el sol. El golpe suave cuando se esparcen de manera uniforme.
Pac pac pac… shuf shuf shuf… pac pac pac
Dabaibe está parada en la entrada del patio. Medio embobada. Oliendo el cacao. Escuchando el ritmo de las semillas.
—¿Busca trabajo, mija? —le pregunta una mujer ya mayor. Se presenta, se llama Carmen.
—Yo… no sé… —responde tartamudeando Dabaibe.
La señora sonríe, le extiende la mano.
—Venga, que le enseño cómo se hace.
Le pone una estera entre las manos. Le enseña el ritual del cacao: cómo mover las manos, cómo reconocer el punto exacto del secado por el color, cómo respirar cacao sin marearse.
Los dedos de Dabaibe aprenden el ritmo como si hubieran nacido para eso.
El cacao canta bajo las palmas, pero solo ella, con oídos de selva, lo puede escuchar. El canto se mezcla con las sonrisas de las mujeres. Con los zumbidos de abejas que vienen por el dulzor. Con el viento suave y sereno.
—Tiene manos de oro esta muchachita —dice doña Carmen a las otras. Dabaibe se sonroja. Siente el extraño placer de la vanidad.
Varios días se quedó allí. Techo, comida y cama le dieron. Ella dio trabajo.
El primer sorbo de chocolate caliente le cambió la mirada. Los hombros se le cayeron un poco, como si soltara un morral invisible. El chocolate caliente le derrite el alma.
Lo probó también frío. También en tableta. Esa era como felicidad masticable. Cuando lo tomaba frío se reía sola. No sabía reír con la boca abierta. En la selva no se aprenden sonrisas de foto. Su risa era breve. Contenida. Como dosificada.
Doña Carmen le habló de su vida: una hija en la universidad. Cada pepa que seca es un ahorro para su matrícula.
Ya no tiene casa. Tuvo que dejarla.
Le contó historias de hombres con botas que entraron y quemaron su rancho y el de al lado. Se fueron hace años. Ahora secan cacao.
Don Efraín, el esposo de doña Carmen, en las noches toca la guitarra en el patio. Cuenta historias de duendes que roban sombreros y de Madremontes que protegen sus selvas.
¡Qué ironía! No sabe que tiene una sentada a dos metros de él. Comiendo chocolate y sonriendo.
Don Efraín le pregunta de dónde viene. Ella le señala hacia la selva lejana. —De muy lejos.
—¿Y qué la trajo por acá, mijita linda?
La pregunta se le clava como un hacha. Dentro de su mente todo se exalta —¿Qué le digo? ¿Que vine a destruir su tierra porque su especie está destruyendo la mía?
—Andaba perdida —bajó la cabeza y lo soltó como un susurro.
Es cierto. Estaba perdida entre el ritmo del cacao secándose y el sabor del chocolate en su lengua humana. Perdida entre las sonrisas de doña Carmen y el ritmo de las canciones de don Efraín. Perdida entre su furia ancestral y esta cosa nueva, sentimientos que le crecen en las costillas como una enredadera tierna.
—Mi árbol está muerto y yo estoy aquí jugando a ser humana.
¿La Madremonte le tenía afecto a esas personas?
—¿Esto es amor? ¿Estoy amando a los humanos?
Nuevamente todos esos sentimientos. Las risas. La alegría. El placer del chocolate. Se sintieron como un hachazo en el pecho. Traición. Cometía traición.
Dabaibe quiso quedarse. Vivir allí. Secar cacao. Comer cacao. Y esos deseos eran traición a su selva.
Hablaba poco. A veces no encontraba las palabras. Su idioma humano no era muy fluido. Constantemente se tocaba el cabello para verificar que no hubiera hojas creciéndole.
Antes de que saliera el sol, se fue. No se despidió. Se llevó varias barras de chocolate. Muchas. Un recuerdo. Felicidad a mordiscos.
Más buses, pero esta vez no estaba perdida. Llegó al páramo de las papas, donde nace el Magdalena. El lugar de su venganza.
La recibe un viento frío que corta como cristal. Se paralizó. Los frailejones le recitaban letanías de paz y amor. Los guardianes del páramo la recibieron.
Su venganza cada vez más perdía sentido.
Observando lagunas donde las nubes bajan a mirarse. No quiso vengarse.
—¿Cómo podría ahogar tanta belleza? Ellos no tienen la culpa —se repetía a sí misma.
Dabaibe apoyó la palma en el tronco velludo de un frailejón. Y fue como si tocara a sus ancestros. Miró a su alrededor. El páramo, como su selva, son templos sagrados.
Se arrodilló. Se le humedecieron los ojos. Respiró en cuatro tiempos, como si tuviera un arpa adentro marcándole el compás.
Del bolsillo sacó un trozo de chocolate. Se lo metió en la boca. Lo dejó derretir. La tristeza se suavizó.
No podía inundar este lugar. El páramo no. Ni sus guardianes. Hermosos frailejones. Se fue. Ya no quería venganza. Volvería a su selva. Pero antes… ver el mar.
Buses. Carreteras. Los caminos son como serpientes de tierra. Empieza a oler cosas que no conoce. A vida diferente.
—Poderes que no son de mi jurisdicción —pensó.
Bajó del bus en una vereda. El canto del mar la hechizó. Caminó. Subió una pequeña loma y lo vio.
El océano se extendió frente a ella como desierto líquido, infinito y feroz. Una selva azul profundo.
El mar por primera vez. Todo le tembló. Hay temblores que son oraciones. Se llevó la mano al pecho, no para jurar, para sostener.
Las olas rompen contra la playa con una fuerza que la aturde. Por primera vez desde que salió de su selva, se siente pequeña.
Caminó hacia una vereda que de vecina tiene al mar. Las casas son de madera y lata. De una de ellas brota un sonido que nunca había escuchado. La envolvió aún más que el arpa llanera. Su vientre se movió solo.
Tum ta-ka tum tum… ta-ka tum ta-ka tum
La marimba del currulao la golpea como una ola sonora. El océano late en los cunos y el guasá. El suelo se le movía debajo de sus pies.
Se acerca a la casa como hipnotizada. A través de las ventanas abiertas ve cuerpos que se mueven con una gracia mágica.
Tum ta-ka tum tum… ta-ka tum ta-ka tum
La marimba la llama con voces de madera ancestral. Se acerca más. Una mujer la ve desde la puerta.
—¡Ay, mira qué bella la muchacha! ¡Venga pa’cá, que aquí estamos celebrando!
No puede resistirse. La música la jala como una corriente marina. Antes de darse cuenta ya está adentro. Rodeada de cuerpos que se mueven como si fueran parte del mismo organismo, de la misma marea.
Un hombre la toma de la cintura y le enseña a mover las caderas al ritmo del currulao. Sus manos son ásperas como las redes de pescar, pero gentiles como la brisa del atardecer.
Tum ta-ka tum tum
Se deja llevar. Su cuerpo humano aprende los pasos como si los hubiera conocido siempre. Sus pies descalzos encuentran el ritmo en las tablas que crujen. La marimba la abraza. Los cunos la mecen. El guasá la acaricia con su sonido de caracolas mágicas.
Por primera vez desde que salió de su selva se siente humana, y le gusta.
—¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede esta música de madera sonar más familiar que el canto de mi propia selva? Soy un espíritu de la selva. No soy esta carne — Se reprocha mientras bailaba.
Las preguntas le dan vértigo, pero la música no la deja pensar. Solo la deja sentir. Bailó hasta que se le empañaron los ojos violeta.
Al amanecer lo oyó. Un gallo bankiva—no el gallo domesticado, el otro, el ancestral. Una alarma que no pertenece a la costa. Solo lo escucha ella. No es un canto. Es un alarido. Un auxilio que le desgarra sus oídos de monte.
¡KIEKERIEKÉ!
Luego el Canto a Yoi—la voz chamánica, el tambor profundo de su selva llamándola por su verdadero nombre.
Ayahuasca mama yoi yoi yoi… ayahuasca mama… yoi yoi yoi
Lo sintió en el estómago. Dejó de bailar. Sintió el frío del páramo en sus entrañas.
—¿Qué he hecho? Los sonidos de este viaje me invaden como un panal de abejas enloquecidas. El arpa llanera que me llenó de alegría. El cacao del Cauca que me dio dulzura y me limpia de tristezas. La marimba del Pacífico que es éxtasis y vida. Y debajo de todos esos sonidos, la llovizna eterna de mi selva herida. Mi árbol está muerto y yo estoy aquí enamorada del mundo— y mientras estos pensamientos estallaban en su cabeza, la furia volvía.
Cierra los ojos y se deja transformar. Ahí —sin ocultarse— los huesos se estiran. La piel se endurece. Cabello de lianas y enredaderas, pies de raíz, brazos con musgo, ojos de cuarzo encendido. El poder antiguo vuelve a correr por sus venas como lava.
Cuando los abre, ya no es Dabaibe. Es la Madremonte, y el cielo tiembla.
Un remolino de hojas la envolvió y cuando las hojas cayeron, todos gritaron. Era una entidad, no una mujer.
La vereda se partió en dos: los que corrieron y los que se quedaron petrificados porque sabían que hay cosas a las que no hay que dar la espalda.
El remolino de hojas se levantó otra vez y se llevó a Dabaibe.
Quedó la leyenda: la mujer árbol que bailó currulao y al amanecer se la tragó un remolino de hojas.
Ella volvió a su selva. Sin venganza. Pero con la firmeza de protegerla.