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POR LOS CAMINOS DE e

Por Mayra Ricardo

Todo comenzó cuando me tocó e, fue e quien que me trajo hasta aquí. 

También llamado de nanë, huitik, jagua, jenipapo, suwa, todas palabras brotadas con  las creaciones de mundos de diversos pueblos originarios para nombrar a una de las  frutas más importantes de la Amazonia: el huito.  

A mí la palabra huito me fue revelada en los sueños, porque como me han enseñado  mis profesoras de la selva, para los pueblos originarios los sueños son caminos de  aprendizaje, en los sueños llegan mensajes, canciones, narraciones, curas y consejos  para saber hacia dónde debemos caminar.  

Tiempo después, conocí más sobre huito en “El libro de los árboles” que me regaló  una noche mi profesora Sandra Fernández, una mujer indígena magütá que vive en la  comunidad San José, cerca de Leticia, capital de la Amazonia colombiana, y que ha  sido una de mis maestras para aprender a leer este texto vivo que es la selva.  

Porque sí, la selva nos habla, ¿la han escuchado? La selva tiene un lenguaje que se comunica a través del canto de los pájaros, del sonido de las ranas que anuncian la  lluvia, o del movimiento del viento cuando llama a las tormentas. La selva es un texto  que podemos aprender a leer y está tejido de historias.  

Eso me lo enseñó mi profe, que como les conté es indígena magütá, y los magütá son uno de los 115 pueblos indígenas que existen en Colombia; viven mayoritariamente  en la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, en la punta más al sur de nuestro  mapa. Ellos llaman al huito de e, y esta fruta narra su nakümachigà, historia de origen. 

Para entrar al corazón de estas narrativas, navegarlas, sedimentarlas en la escucha — me dijo Sandra —primero se tienen que sentar los pies en la tierra, disponer la  presencia de quien sabe que debe pedir permiso para entrar al centenario cuerpo  de la manigua, y comenzar a caminar con las abuelas, acuerpando en las palmas de  los pies y en las hendiduras de la lengua, los sabores de las historias, como esta que  voy a soplar hoy. 

Ella está conjurada con el aliento y respiración de la floresta, esa palabra que también devela a la selva, porque sin la floresta, las historias que contamos se ahogan, pierden el aire, se marchitan y secan. Solamente con el soplo, vida y respiración de la floresta,  nosotras, pájaras, cantadoras, curadoras y contadoras de historias, podremos seguir cantando y contando, porque sin el aire, nuestras gargantas nido no tendrán  mensajes para llevar en sus vuelos a nuevos nidos.  

Pero ustedes podrán preguntarse, ¿por qué digo que nosotras, contadoras de  historias somos pájaros? Pues bien, para responderles, puedo decirles que yo aprendí  eso caminando, o mejor, soñando en la floresta.

Les había contado que una noche mi profe Sandra me había entregado El libro de los  árboles después de terminar una de nuestras clases caminando por el monte, donde  pasábamos horas leyendo los textos vivos de la floresta. Afuera se asaba una sarta de peces sábalos en un fogón que había hecho Sandra con paliarco para moquearlos,  una técnica ancestral indígena para cocinar el pescado por medio de la defumación.  

Cuando ella me mostró el libro y vi a al huito en las ilustraciones pude sentir aquella  palabra recorriéndome el cuerpo, brincándome en las manos y creciéndome en el pecho, porque mi profesora ya me había pintado con su tinta, que se obtiene después  de subir a un árbol muy alto, donde crecen sus frutos verdes, que son cogidos,  rallados, exprimidos y después soplados con tabaco, dejando que la tinta entre en contacto con el aire y se ponga negra, negra como la noche sin estrellas.  

Cuando esa tinta se pasa por el cuerpo pareciera que no pintó, pero al día siguiente,  al bañarse, la magia es revelada: una se pone negra, bien negra, negra como las plumas de los chulos cuando vuelan. En ese mismo libro leí que el árbol del huito crece en el corazón de naĩnekü naẽ, que para el pueblo magütá es la floresta, el espíritu de la selva. De  ella, brotan las canciones, los juegos, las curas, los tejidos, las comidas y las historias  que son contadas.  

También leí que el huito es usado como una protección del cuerpo: cuando los bebés  nacen son pintados con esa tintura para que no entre enfermedad; cuando el huito  es pintado en el rostro sirve para mostrar la nación de cada persona.  

— ¿La nación? Le pregunté. —Sí —me respondió —la nación es nuestra protección,  todos nosotros recibimos una nación cuando nacemos, y ella viene de los elementales  de la selva, como frutas, animales, semillas, ellas traen su fuerza. La mía es àrúkaa  (semilla de cascabel) y mi capa de protección es Yewae, la serpiente madre de las  aguas y los peces, mi fuerza está en las profundidades del agua.  

En ese momento su palabra fue una flecha, porque mientras leíamos el libro, yo sentía  que iba navegando sobre el cuerpo de una boa, recorriendo cada uno de los árboles  y sus conocimientos, sumergiéndome en las aguas del río Amazonas para regresar  después al piso de la maloca que Sandra había construído con sus manos en madera  y paja.  

—Sandra —pregunté —¿y yo puedo recibir una nación sin ser magütá? Ella guardó silencio unos momentos, hasta que respondió: —esta noche le voy a preguntar a mis  ancestros si puedes recibirla. La respuesta llegará a su tiempo.  

Mi corazón quedó batiendo de emoción por querer saber más, pero ya era casi  madrugada. Nos fuimos a descansar, sin saber en ese momento, que esa noche, como muchas otras de los siguientes nueve meses, nos encontraría urdiendo  intuitivamente una artesanía de la escucha, como le llamamos a nuestros diálogos  rodeadas de huito, ortiga, tabaco y de su manada de perros que siempre nos 

acompañaron. Y así, mientras éramos acunadas por el sonido del monte y por las  texturas de las narrativas tejidas en nuestros ojos y cantadas en nuestros oídos, la  urdimbre sinfónica de ranas y grillos fueron abriéndole paso al sueño.  

Yo estaba caminando por el monte, era un camino estrecho; observaba mis pies sobre  las ramas verdes; cuando levanté la vista vi frente a mí a Sandra que me guiaba por  ese camino, mientras ella llevaba sobre su espalda una vara larga de madera con un gancho en la punta; me tuve que alejar un poco para no engancharme. El camino nos  condujo hasta un claro que tenía algunos árboles altos.  

Sandra, que habla con ellos y que tiene destreza en subirlos a grandes alturas,  comenzó a subir. Ahí, cogió la vara y jaló unas frutas que estaban entre las hojas. Yo  no conseguía ver, hasta que ella volteó su cuerpo de la altura y me extendió dos  frutos verdes y pequeños, sostenidos en una rama con hojas; las recibí en mis manos,  extrañada. Sandra me observó, yo no sabía lo que significaba, y ahí, me desperté.  

El sol clareaba por el techo de paja; cuando me volteé, Sandra estaba subiendo las  escaleras llevando el desayuno envuelto en una hoja de bijao: eran huevos revueltos  acompañados de un casabe de mandioca, yuca: el pan amazónico. Yo brinqué de la  cama y le dije con emoción: —Sandra, soñé contigo, soñé con dos frutas que tú me  entregabas en las manos.  

Ella, con una sonrisa respondió: —y yo recibí tu nación. Y continuó: —durante la  noche, Yewae me llevó hasta el corazón de naĩnekü naẽ, y ahí mis ancestros me  entregaron tu nación. Para entregártela, esta noche rallaremos huito, porque  debemos pedir permiso, siempre se debe hablar con esa abuela para que ella abra el  camino que viene de la oscuridad hacia la claridad.  

Sin pensarlo le dije: —Sandra, vamos a grabar el sueño, vamos a grabar el momento  en que me entregas las frutas. Y así, terminando el desayuno, salimos acompañadas  de la vara que el sueño había revelado, hecha de un palo de guama y completada con un garabato en la punta; a nuestro lado nos acompañaban sus perros guardianes, Flutchis, y Perla, perros que ella había parido en sueños antes de recibirlos, otra de las tantas historias por contar de esta maestra de la selva.  

Seguimos por un camino estrecho; yo tenía que asegurar el equilibrio para mantener  la cámara del celular y seguir el paso rápido de Sandra, que ya tenía sedimentada la  ruta en su cuerpo; pisé uno que otro hueco con agua, una rama de palmas de  chontaduro llena de espinas y casi quedé enganchada en el garabato de la vara, pero  la emoción de encontrarme con el árbol me evitaba las caídas.  

Al llegar al claro que había visto en el sueño, estaban allí también dos árboles —estos tienen mi edad, yo tiré semillas de ellos aquí, son árboles de huito —dijo Sandra  mientras aspiraba una bocanada de piel roja. Su destreza con la vara le evitó subir a la altura de las copas, de casi veinte metros; ella ligeramente fue enganchando las ramas, una tras otra comenzaron a caer varias frutas aseguradas en ellas, tres en  total, que luego juntó y me entregó en las manos.  

Regresamos en silencio a la casa mientras yo llevaba las frutas que me había  entregado; en ellas palpitaba el latido de su memoria, las voces contenidas en sus  semillas, las huellas de su recorrido tejidas de agua y río, la genealogía de la tierra que había esculpido en ellas sus signos, y que escucharíamos en el ritual de la noche, solo de noche, día previo a la luna llena, porque el huito, como me reveló Sandra, debía ser rallado en la noche por ser un espíritu frío, profundamente conectado con la luna,  tauema-kü, como se dice en la lengua magütá, y con sus ciclos.  

Si bien, antes de esa noche había conocido la pintura de la fruta sobre mi cuerpo, el  ritual que nos congregaba ese día tenía un hilo distinto, porque recibiría mi clan, la  nación, que protegería el camino de investigación que había llegado a hacer en esa  comunidad, en la búsqueda de las canciones, arrullos, narrativas de origen que les  eran contadas a los bue, como son llamadas las niñas y niños en sus primeros años.  Así que todo fue nuevo, renovado por la mirada de quien se sabe aprendiz, curiosa,  animal que escucha las señales, las intuiciones que le dan los sueños.  

Con la calma que siempre enseñaba Sandra, fuimos preparando los elementos para  el ritual, limpiando el espacio, bañándonos, alistando el cuerpo, conectándolo con la  selva, porque era de ella que recibiríamos el estudio de esa noche. Preparamos el  rallador que antiguamente era hecho con las raíces de la palma de la pona (nâàte),  pero que ahora era en un pedazo de lámina a la que se le abren los huecos con  puntillas y martillo: un objeto esculpido en el diálogo del acero y la madera. 

Sandra me dijo que las mujeres debían rallar el huito de abajo hacia arriba y que eso  se sabe por la tradición, ya viene así. Habíamos buscado hojas de bijao para hacerle  una cama al afrecho que se va desmoronando al rallar la fruta. Teníamos tabaco, una  totuma, dos trapos de limpiar que usaríamos para exprimir y velas.  

Sandra puso el rallador entre sus piernas, se paró firme y el sonido seco de la fruta  comenzó a vibrar. El afrecho verde caía sobre las hojas, se mezclaba con el almizcle natural de las flores de tabaco, porie, que ya estaban florecidas y que se esparcían  por el aire. A nuestro lado estaba Maikura, Dulce María, la nieta de Sandra que en ese  momento tenía ocho años y que ya había comenzado a caminar con su abuela por el  monte, aprendiendo sobre las plantas y sus curas. Fluthis y Perla, guardianes,  observaban acostados.  

—Pon la música de Eware— me dijo Sandra. Busqué entre las carpetas de las  canciones que más escuchábamos por esos días una de Djuena Tikuna, la cantora  indígena magütá nacida en la aldea Umariaçu II, ubicada en Tabatinga, la ciudad  fronteriza con Leticia, quien había parido un álbum musical que evocaba el canto de  los antiguos ancestrales de su pueblo: Wiyaegü

Sandra rallaba, la voz cantaba: “eware, eware, eware, eware, eware”; el afrecho caía,  se iba haciendo cúmulo, olor de monte, olor a la entraña de la tierra: “Rü Yoi’i tü na  pogü’û”, “Yo´i nos pescó”. Sandra susurraba: —nosotras somos Mowacha y Aikuna,  somos el vientre del huito latiendo bajo la tierra, pulsando por las corrientes del agua. 

La fruta se iba desmigajando, el canto de Yoí, junto al de sus hermanas Mowacha y  Aikuna regresaba, las semillas en la voz de Sandra contaban: 

“Antiguamente, uno de los hermanos creadores de los magütá, Ípi, enamoró a la  señorita de umarí, Tetchi arü Ngu’i, la compañera de su hermano Yoí. En castigo, Yoí  lo envió a bajar y rallar huito para que pintara a su hijo recién nacido, Uiyakü, en señal  de protección y limpieza. Pero Ípi sin darse cuenta se ralló a sí mismo, “se ralló el  corazón”, y al ser arrojado el afrecho de la fruta, é chiri gü, al lago Eware por Tetchi,  su cuerpo se convirtió en una subienda de peces sardina, perü, y el cedazo donde  había recogido el afrecho de la fruta se convirtió en pez escalar; así, las aguas del lago  quedaron pintadas con el negro de e, derivando su nombre: Eware

Tiempo después, cuando Yoí y Tetchi, regresaron al lago a buscarlo, la muchacha lo  pescó, y junto a él sacaron a muchas otras gentes. Luego, Yoí fue sacando con vara y  carnada de yuca dulce al resto del pueblo magütá, la gente del agua, la gente del  huito”.  

Sandra contaba y rallaba, soplaba el tabaco sobre el cúmulo del huito, la carne de Ipi;  exprimia y cantaba sobre las telas que extraían la esencia de la fruta “Rü eware eware  rü”, “Ewarewa Ewarewa”. Soplaba el aliento dulce de las narrativas en la tintura que  reposaba en la totuma. Pasaba su mano fría primero sobre la piel caliente de mi pies,  repetía el soplo, tejia el aliento ancestro de su nakümachigà al torrente de hilos de mi  cuerpo. Y así, la entrega de mi nación terminó al ser einè (pintada con zumo de huito), mientras Sandra costuraba las puntadas finales de su rezo, su canto, su soplo:  

—Aquí está tu clan, los ancestros de esta selva amazónica entregan a esta niña por estar  compartiendo el principio de la madre naturaleza a través de la narrativa del pueblo  Eware. Entonces desde mis abuelos a ella le regalamos una nação que es parte  fundamental para la elaboración del cuerpo, del buen vivir, del espiritu y de la  clarificación de su buen caminar que se purifica a traves de esta fruta, que es  insignificante, pero detrás de ella, desde la madre viva, desde su espirtu de esta planta  grande que vemos, ella deposita en el cuerpo mucha sanación en todos los campos,  nivelando todas las partes, desde la tierra hasta la popa de los árboles. 

Entonces el clan de ella es e, kaure e, que kaure es el pájaro que vive en las alturas, que  teje los canastos, los nidos, todo el tejido de la sabiduría ancestral con la claridad del  huito que es esta planta, e.  

Sandra sellaba así mi cuerpo con sus palabras sopladas sobre la tintura. Sandra  repetía en el presente una narrativa ancestra que le habían sembrado las abuelas y 

abuelos que la precedieron. Sandra caminaba su narrativa de origen al lado de su  semilla, Maikura, quien recordaba cuando le dieron de comer un pececito vivo —era  chiquitico —y agrega —por eso me gusta tanto nadar. —¿Cuántos años tenías Maikü? con sus dedos muestra el número tres, y con complicidad sonríe a su abuela, quien  desde que Maikü estaba en el vientre de su hija, la pintaba con huito para hacerla “sentir, para caminar los pasos de la vida”

Las narrativas pisan la tierra, “las narrativas son vivas porque tienen el arte de dar una  continuidad pura. Al niño a través de esa narrativa o canto se le da el paso de la vida, el  paso para su vida”. Así susurraba Sandra acuclillada frente a la totuma con huito, con  una bocanada de piel roja elevada hacia el cuerpo todavía oculto de tauema-kü.  Eware, canción urdida de árbol, mezclada con peces, canción que acunas semillas en  el hilo de tu memoria tierra; Eware, melodía tejida de Amazonas, narrativa ancestral  que se hace lago para recibir a los bue, que han sido pintados con tu fruta, con la  pintura que ofrendas. Todo comenzó por el camino de e, fue e quien trajo mi soplo  hasta aquí.  

Moenchi, gracias.