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PARA-ÍSO

Por Gherald J. Taylor

Mi hermano se encuentra en un hogar de reposo. Supe que allí vivió una experiencia de tortura. Más que una persona iracunda con un diagnóstico psiquiátrico, él es negro; es  un cuerpo del cual no hay esperanza de éxito según la sociedad, es un cuerpo que se  maltrata porque esa es la única corrección posible para la piel morena. Mi hermana ve como su cabello se cae, por el uso de químicos que puso en ella para parecerse a la  blanquitud. Ese mismo sistema que pone estándares de belleza inalcanzables. Te veo a ti, mamá, pidiéndome perdón porque ahora eres consciente de los traumas que residen en los genes afrodescendientes. “No debí haber sido tan dura”. En esa frase se  desbloquean simbolismos de la niñez, de nuestra condición karibeña y migrante. 

Es allí en el Karibe donde los recuerdos y movimientos (re)surgen. El cuerpo tiene  memoria y ésta se hereda. La memoria va más allá de lo genético, es espiritual;  trasciende la tecnología gráfica de las letras, se asemeja a las lenguas primitivas,  aquellas que los pueblos afrikanos hablaban. Ese lenguaje era puro, no estaba infestado de  nociones europeas o categorías, ni de masculinos totalizantes. Era la lengua de las  diosas, eran enunciados que cortaban las distancias con las orishas. La lengua era el  puente, el destino y el fin. Esas sonoridades ancestrales se asemejan a cuando me  dices “te amo hijo”. Son palabras con luz propia, con toda una orquesta emotiva de  cánticos de resistencia. 

La realidad se empezó a dibujar contigo en Siloé, el barrio “más peligroso” de Cali. Más  bien donde se relega a los cuerpos periféricos de la ciudad. El estado nos dice que no  hay otro lugar para estas corporalidades; por supuesto que era el lugar para nosotros,  dos migrantes recién llegados del Karibe: una mamá soltera y violentada, y su hijo raizal, exiliados de la isla. Todavía mi lengua se retuerce porque hay un kriol escondido,  unas palabras que quieren ser pronunciadas, pero que no se procesan, porque nos arrebataron un desarrollo tranquilo en la isla donde me concebiste, donde nos abrazaba el océano, San Andrés. Oh, swiit island, ai rimemba yo sounds, yo striits,  yo weda. Ai want to be inna di yaad ahn crai, crai, crai. Ay, dulce isla, recuerdo tus  sonidos, tus calles, tus tormentas. Quiero estar en el yaad [patio] y llorar, llorar, llorar

Sabías lo duro de la ciudad, lo despiadado del pavimento con sus habitantes. No  querías que fuera victima directa del racismo que se vive en Cali, el mismo que  experimentaste al llegar, negra y rebelde, con un bebé en brazos, negro y noble. Por eso  fuiste tan rigurosa, por eso me exigiste las mejores notas en el colegio, porque sabes  que el racismo maldice a nivel planetario. Sabías que mi destino estaba muy  conectado al color de mi dermis, por eso te enojabas con tanta severidad cuando  tomaba cosas sin permiso. Era un mensaje de prevención, porque conoces el triste destino que el colonialismo dictamina en nuestros cuerpos. Creaste toda una Pantera y hoy tengo garras para escribir nuestra historia, para compartir al mundo que eres visible. 

Veo a mi mamá y me acuerdo de Oshún. Es una negra voluptuosa, fornida y siempre  vanidosa. No le pueden faltar sus uñas arregladas, por ley, cada semana. Pienso en cómo las mujeres usan la vanidad como una herramienta para sobrellevar las  dificultades sociales, como en Cuba, que, a pesar de la recesión económica, las uñas y los pelucones son mucho más exuberantes. Es la necesidad del cuerpo de resistir, de  corporeizar abundancia en medio de políticas de muerte. Esa es mi madre,  manifestando con su cuerpo una idea de abundancia, porque su cuerpo es sabio, ella misma lo es. Ella es también Oshún, cuando sale a la calle y sonríe con su kit de manicurista, cuando llega donde sus clientes que son todos médicos, ingenieros,  pensionadas o docentes jubiladas. Nadie les deja las uñas como ella, nadie es tan  pulida con las acrílicas como ella. Nadie tiene su aprendido encanto para atenderles,  pero sé que estás cansada. 

Quiero hacerte pequeña, hacernos diminutos. Quiero poder guardarte de la cruel  existencia. Quizá en el cajón de las medias que huelen a suavizante de canela, o en la  frutera con aguacates verdes y gigantes, o seguro entre mi cabello crespo que crece hacia arriba. Allí no te faltarán comidas y podrás dormir mientras te rascas la panza,  porque te lo mereces, porque has sobreesforzado tu cuerpo a la merced de las  personas a las que sirves y osan maltratarte. Te retrato Isolina, en mis letras, porque  eres eterna. 

Recorremos la sábana tropical en forma de águilas. Madre e hijo en una divertida  carrera bajo el manto lunar del paisaje. Tomamos agua de algún estanque y nos  arrunchamos sobre las hojarascas de las palmeras. La naturaleza misma nos ordena descansar. Mutamos y nuestras almas viajan inter-continente. Regresan a Abya Yala y un zumbido me despierta en medio de la noche. Te busco y te veo durmiendo, plácida,  siempre pendiente, hasta dormida, del mínimo ruido. Abres el ojo derecho y me preguntas qué pasó. Retorno para recostarme en cama y hago un rastreo de mi piel,  intento buscar en la geografía de mi dermis, en los surcos de mis clavículas. Busco una  explicación a mi corporalidad andante: por qué terminamos en Cali y por qué la  negritud implica una huida constante a la muerte.  

Me siento con Yemayá en el altar de la casa, el vaso de agua comienza a sacudirse. Es ella que se está refrescando mientras me escucha. Le pregunto sobre el sufrimiento de  mi madre: la razón por la que ha migrado en el Karibe toda su vida y la manera en que ha incorporado el servicio como estrategia de supervivencia. Me miro al espejo y  cuestiono por qué agradezco en exceso, si es solo modestia, o acaso es una táctica para pasar desapercibido ante la mirada blanca. Prendo la vela y dejo a Yemayá  sentada cuando roza sus dedos en la copa de viche que también reposa en el altar.

 

Mi hermano alista maletas para irse del país. Las huellas de la violencia en su cuerpo lo han llevado a buscar otras geografías. Mi hermana ha comenzado a considerar la transición capilar mientras su hebra se encrespa de nuevo. Sabes que mis hermanos han sufrido; pero ahora están en casa: permíteles alcanzar sueños profundos que le huyan al estrés. “Llorando, llorando, llorando me quedo yo” le susurro a Yemayá cuando está a punto de volver al panteón. Beso mis manos y le lanzo un beso en el aire. “Protégenos de todo mal y peligro”. Resguarda a Iso en la calle y  aligera el cansancio de décadas que carga en su espalda. Danos el privilegio de vivir una vida liviana, con muchas risas y pereza. La libertad suena como un tambor. Bullerengue sentao’ que resuena en tu natal Cartagena, mami. Resuena en  nuestros cuerpos racializados: pum, pum, pum. Yemayá haznos inmensos como el  mar. Pum, pum, pum. Saudade.