El SONIDO DE NUESTRA MEMORIA HISTÓRICA
Por Piap Hijos del Agua
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La marimba de chonta, construida con la madera sagrada del bosque, afinada con fuego, paciencia y saber, esa marimba vibra como el corazón de un pueblo que no se rinde, que resiste, que celebra, que canta, que transforma el dolor en música y la memoria en danza. A los sonidos hay que dejarlos entrar, no como ruido, no como un simple fondo, sino como parte viva de lo que somos. Hay que dejar que entren por los oídos, que bajen hasta nuestros pies y que, en su viaje por el cuerpo, nos despierten, nos muevan, nos hagan vibrar. Que toquen el corazón, que despierten la memoria, que nos recuerden que seguimos vivos, que somos hijos e hijas de una tierra que canta, que resiste, que llora y que sueña.
Solo el viento conoce, de ríos que hablan, de tambores que anuncian y flautas que susurran secretos antiguos. Es necesario escuchar a la naturaleza. Ella no está en silencio, nunca lo ha estado. Nos habla a través del crujir de las hojas, del murmullo del río, del aleteo de los pájaros, del golpe del mar contra la costa. Nos habla con voces que no siempre se entienden con palabras, pero que se sienten en la piel, en los huesos y en el alma.
Las voces suben y bajan, se entrelazan, se mezclan. Algunas vienen en lengua materna, en cantos antiguos, en susurros que se parecen al viento. Otras vienen en español, pero cargadas del sabor y del ritmo que nuestros mayores nos dejaron. Son voces que recuerdan y que enseñan. Voces que no quieren ser olvidadas porque ¡nuestros pueblos no se callan! Aunque nos quisieron quitar la voz, seguimos cantando y cantamos con alegría, con fuerza, con ternura. En las danzas, en los cantares, en las cocinas, en las oraciones, en los velorios. Cantamos en las siembras y en las cosechas, en las fiestas patronales y en los encuentros comunitarios. Incluso cuando el silencio nos abraza, seguimos cantando por dentro, porque nuestras melodías viven en el alma, y nadie nos las puede quitar.
Del universo surge la Ley de Origen, la ley natural, el Derecho Mayor como fuente de vida, de energía, de existencia. No es un documento ni una norma impuesta: es un mandato sagrado, una ordenanza que nace desde las montañas, los páramos sagrados, los ríos y las quebradas. Es la voz misma del universo que nos susurra en los sonidos de la naturaleza un mensaje profundo, para comprender la vida respetando el orden y ser parte del equilibrio. Esa voz nos transmite un mensaje: un mensaje para entender la vida, para recordar lo que somos, para despertar. Por eso, los sonidos no son ruido de fondo; son protagonistas, son portadores de memoria, de sabiduría, de verdad. Esto es un llamado: somos semillas, seguiremos construyendo conciencia para sanar y construir un territorio mejor, donde quepamos todos, donde haya justicia, donde el dolor de nuestros ancestros no haya sido en vano.
Este mensaje no es nuevo. Viene desde siempre. Es el legado de nuestros mayores, de los abuelos y abuelas que supieron sembrar semilla y cosechar conciencia. Hoy, esa sabiduría ancestral resuena con fuerza en la nueva juventud, que también busca su camino, un mejor mañana, un mundo más justo, un despertar profundo de la humanidad. Escuchamos, observamos, pensamos, analizamos y recordamos que somos hijos de aquel pasado que está adelante, pero también somos ese futuro que está atrás. El tiempo es una espiral, y nuestro caminar no es lineal. El pasado nos guía, el presente nos forma, el futuro es el sueño, y todo está entrelazado como raíces de un árbol: somos origen, somos principio, somos la vida misma. Por eso seguimos soñando con un mundo lleno de luz, lleno de esperanza; un mundo donde la vida sea lo primordial, donde el ser humano no se crea
dueño de la tierra, sino hijo de ella. Donde aprendamos a escuchar a la naturaleza, no solo con los oídos, sino con el alma; que entendamos que hay sabiduría en el río, en la laguna, en la montaña, en el viento. Nuestros ancestros lo sabían: “escucha a tu alrededor y de ellos aprenderás; y si escuchas de verdad, serás un maestro”.
Un sabio mayor nos enseñó: “No se trata de dejar una mejor tierra a nuestros hijos, sino de dejar mejores hijos a nuestra madre tierra”. Esa frase guía nuestros pasos. Nos recuerda que el territorio no es solo un lugar, es un ser vivo. Es madre, es sustento, es memoria, es energía. Es nuestro deber y Derecho Mayor protegerla, cuidarla, preservarla, no por nostalgia, sino por amor, por responsabilidad, por dignidad.
El conocimiento de nuestros mayores; sus historias, sus consejos, sus silencios, sus gestos; es sabiduría ancestral. Nos orienta en medio de un mundo que muchas veces quiere que olvidemos quiénes somos. Pero nosotros nos negamos al olvido.
Las mujeres, guardianas del saber, se conectan con sus raíces cuando suenan los tambores. Elevan sus rezos con una fuerza que no viene de este mundo. Viene del otro lado, del mundo de los espíritus, del universo que nos cuida. En sus cantos habitan los relatos del origen, las historias de cuando todo era agua, de cuando los abuelos hablaban con las estrellas, de cuando la palabra era sagrada. Y todavía lo es.
La ley natural es la que guía nuestra existencia. Esa ley que no está escrita en papeles, pero sí en el corazón. Esa ley que nos enseña que todo está conectado, que todo tiene un ritmo, un ciclo, un sentido. En ese orden natural, el Derecho Mayor es sagrado. No es una norma impuesta: es un mandato que nace del alma y que nos orienta hacia una vida en armonía con los otros seres, con los espíritus, con la naturaleza.
Pero ahora, en las fiestas, todo se vuelve confuso en tu vida. Esa herencia llegó en barcos, y ahí comenzó el dolor. Para nosotros, hoy eso se transforma en resistencia.
Canto para sanar.
Canto para no olvidar.
Canto para honrar a los que vinieron antes.
Para decirles que su lucha no fue en vano.
Para decirles que la semilla que sembraron sigue germinando.
Porque de ese canto de los pájaros y del rugir del mar nace la certeza de que somos semilla, una semilla sembrada por los abuelos, abonada por la memoria, regada por la lluvia, custodiada por el viento; una semilla viva, que germina en música, en comunidad, en palabra compartida. Y así seguimos caminando juntos, con la fuerza del espíritu, con la energía de quienes ya no están, pero siguen presentes en cada paso, en cada canto, en cada tambor y cada historia que ha traído el viento.
A veces basta con asomar la cabeza por la ventana de madera, abrir la puerta del rancho o simplemente caminar descalzo, para entender que la vida aquí se mide con otros relojes: con el reloj del río, con el tiempo de la luna, con la paciencia de la semilla, con la sabiduría del sol. Nuestro tiempo no es lineal. Aquí el futuro es el pasado y el pasado es el futuro. Todo está tejido, todo se recuerda, todo se vive en conexión. La marea nos enseña que todo sube y baja, que nada es permanente, pero todo regresa. El sol nos recuerda que siempre
vuelve a salir, aunque la noche sea larga. Las lluvias limpian, sanan, purifican. El tambor nos devuelve la voz cuando creemos haberla perdido y el viento nos trae las historias. Cada golpe en el tambor es una historia que resucita; es una abuela que vuelve, un abuelo que aconseja, un niño que aprende y una comunidad que se fortalece.
Comprender las palabras es importante, pero más importante aún es sentir cada frase, porque muchas veces, lo que no se puede decir con palabras, se canta, se baila.
El amanecer aquí es un rito. Se repite, pero nunca es igual. Las mujeres encienden el fogón con la primera luz. El café hierve fuerte, oscuro, como debe ser. El humo sube como ofrenda. Los hombres se alistan para jornalear, para sembrar, para construir, para seguir el ciclo de la vida. Y mientras tanto, allá en el monte, el río sigue cantando. Y los árboles susurran canciones que solo los sabios entienden. El viento, ese mensajero invisible, lleva las palabras de un lado a otro, de generación en generación y así seguimos: sembrando palabra, regando memoria, cosechando esperanza. Porque mientras haya tambor, habrá resistencia,
Mientras el viento lleve nuestras historias, recordaremos a nuestros ancestros
Mientras haya canto, habrá memoria
Mientras haya danza, habrá vida
Mientras haya comunidad, habrá futuro
Y ese futuro es ahora. Con cada paso, con cada historia contada, con cada niño que aprende, con cada mujer que canta, con cada fogón encendido porque somos nietos de los abuelos que soñaron con libertad y sembraron caminos en medio del monte. Por eso, aunque el mundo quiera que callemos, nosotros seguimos cantando.
Cantamos para sanar.
Cantamos para resistir.
Cantamos para agradecer.
Porque en esta tierra, donde la vida es circular, donde el tiempo tiene otros nombres y donde la memoria no muere.
El sonido es sagrado.