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BELLA REALIDAD

Por Sara Valentina Gómez

Las olas del mar chocaban contra la orilla, mientras la arena cálida provocaba cosquillas bajo mis pies. La brisa húmeda traía consigo esa tranquilidad que uno busca cuando va a la playa. En una caseta cercana, unos fanáticos del fútbol celebraban con euforia el gol de Lucho Díaz, que acababa de llevar al equipo a la victoria. 

Más allá, en la plaza del pueblo, los bailes captaban la atención de los turistas —como yo—, que observábamos con curiosidad y cierta fascinación la manera en que la música cobraba vida a través de cada movimiento. Las maracas sonaban, marcando el compás con una cadencia alegre, mientras los tambores retumbaban como el corazón del mismo Caribe latiendo bajo nuestros pies. Los cuerpos se movían con energía, siguiendo el pulso caliente de cada melodía, el aire y el sudor se llenaban de sonrisas amplias como el mismo mar. Era imposible no dejarse arrastrar por esa atmósfera vibrante, donde te sentías como en tu hogar. 

Los vendedores ambulantes llenaban el paisaje con los colores brillantes de sus productos, haciendo que compráramos casi por impulso; desde dulces y accesorios temáticos, envueltos en papeles brillantes que resaltaban con el abrasador sol de la costa; hasta pequeños llaveros que prometían ser el recuerdo de aquel ameno viaje. 

Entre el bullicio y la música, resonaba una voz ronca y fuerte que exclamaba a todo pulmón: ¡Mazamorraaaaaaaaaaaaaaaaaa…rica y calientica, llévenla aquí!, mientras empujaba su carrito que desprendía ese olor tan característico que te hace agua la boca y sin pensarlo dos veces me acerqué para comprarle un plato al amable señor. Para mí viajar no es solo recorrer lugares, es mucho más que eso; es probar un trocito de cada cultura, conectar con las personas y vivir en carne propia la belleza que cada territorio tiene para ofrecer. 

El calor era tan espeso que mi cabello se pegaba a la piel, dejándome una sensación constante de incomodidad. Mientras caminaba por las calles empedradas de Cartagena, vi a lo lejos a una mujer sentada en una esquina, trenzando el cabello de una turista con una destreza que solo se adquiere con los años y la costumbre. Llevaba una pañoleta de colores vivos —rojo y verde predominaban entre los bordados florales—, y su porte tenía algo que me llamó la atención. Me acerqué y le pregunté si podía recoger mi cabello igual al de ella. 

Sin decir una palabra, me señaló una mesita donde estaban amontonadas pañoletas y accesorios de todos los colores. Escogí una, la que me pareció más alegre, y me senté en una pequeña silla de plástico. La mujer comenzó a trabajar tomando mi cabello con delicadeza, sus manos moviéndose con suavidad y firmeza. En pocos minutos, mi cabeza estaba envuelta en ese característico peinado que no se puede replicar con la misma belleza fuera de esas manos cartageneras. 

Bajo la sombra de un árbol raquítico, sentada sobre una manta gastada, la vi: una señora wayuu, vestida con un largo vestido, su rostro arrugado dejando entrever el peso de los años. Paciente, tejía una mochila mientras susurraba una canción en su lengua nativa. Me

acerqué para observar con atención su trabajo; cada puntada era delicada, cada detalle más llamativo que el anterior formando una armonía única. 

Cuando dejó de cantar y notó mi mirada. Le pregunté por qué estaba tan lejos de su tierra, y bajando la mirada, respondió: “La vida en La Guajira es muy dura. La pobreza consume todo y no hay futuro. Aquí, aunque no es mucho, los turistas compran mis mochilas. Eso me ayuda a sobrevivir.” 

Me contó que su esposo murió hace varios años, dejándola viuda y sin hijos. Sin un lugar donde quedarse y sin oportunidades, tuvo que salir para buscar la manera de seguir adelante. Sus palabras eran pocas, pero revelaban una vida de sufrimiento y tristeza. 

Nunca nos detenemos ni un segundo a pensar en las personas que trabajan de sol a sol para subsistir. Los turistas, atrapados en la búsqueda de lo más llamativo, recorremos los lugares más famosos sin reparar en lo que queda oculto a simple vista. Pocas veces notamos el sufrimiento de la mayoría de vendedores que se rebuscan la manera de conseguir lo mínimo, el lado duro de las ciudades, especialmente de las turísticas, que para atraer más personas maquillan las desgracias y la pobreza de sus habitantes. 

El sol comenzó su lenta despedida, el cielo se transformó en una explosión de colores. Naranja, rosa, carmín y una línea púrpura que se fundía en el horizonte. Era esa hora del día en que todo parece calmarse, como si incluso el tiempo decidiera detenerse. Los grillos, puntuales, comenzaron su canto, llenando el aire con una música suave que parecía provenir de un mundo de fantasía. 

La brisa salada, cada vez más fresca, acariciaba mi piel con la suavidad que tienen las despedidas. A lo lejos, algunas siluetas comenzaban a aparecer en la orilla, descalzas, con los zapatos colgando de una mano. Caminaban despacio, como si cada paso sobre la arena húmeda fuera una forma de soltar todas nuestras cargas. Se dice que caminar junto al mar ayuda a conciliar el sueño, arrastra las energías que no nos pertenecen y deja solo lo esencial. Tal vez sea verdad porque, en ese momento, todo parecía estar bien y por un instante, nada dolía. 

Las voces eran pocas y suaves. La playa se llenaba de silencios compartidos, de respiraciones profundas, de miradas perdidas, como si el día no quisiera irse del todo. El mar, ya lejos de su bravura del mediodía, se mostraba tranquilo, con pequeñas olas que venían y se iban retomando su camino. Un vaivén constante, como el latido de nuestro corazón. La blancura de la espuma se deshacía cada vez más rápido. 

Y en esa quietud, en esa mezcla de luz dorada, pasos lentos, aire salado y murmullos indistintos uno entendía que a veces no hace falta ir tan lejos para encontrar un poco de paz. Que basta con sentarse frente al mar y dejar que las cosas fluyan al ritmo de las olas. Porque el mar no cura, pero acompaña. Y a veces, eso es todo lo que se necesita. Alguien que sin una palabra lo entienda todo.