ACUATRÓFILOS
Por Juliana Serrano
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Esa es mi carretera favorita, en la que los semáforos son imaginarios y las llantas son pececitos que acompañan mis tablas hechas balsa. Somos mejores amigas desde que recuerdo que mi mamá nos grita que no comamos tierra, que si tenemos hambre nos trepemos a un palo pa’ que nos haga torta de chontaduro.
Juntas nos contamos historias sobre el otro lado. ¿Será que la gente también anda descalza?, ¿conocerán a las abuelas de sus Taitas?, ¿comerán tollo, piangua? y cuando los dedos se nos arrugan como maracuyás viejitos, nos salimos del agua y ella nos esperará hasta al otro día, con una sonrisa café que combina con nuestros ojos.
Cantan los pajaritos y al intentar danzar sus notas, me desperté asustada. Mi hermana, que estaba por cumplir 12 años, estaba envuelta en un cobijerío que para que sudara los males. La encontraron tirada al pie de un cogollo de naidí. Le limpiaron las manos embarradas, le secaron el vómito, y la trajeron. Llegaron los curanderos pa’ echar al fogón ruda, manzanilla, borraja, poleo, hierbabuena, canchalagua, clavos, canela y casi acaban con todas las matas.
Rasparon panela y le dieron de tomar. Cuando la vi fue entre esas cobijas, pero no dio pie con bola tanto remedio. Tal vez el sereno le pegó feo, tanto que le llegó al corazón y se lo enfrió requete rápido. Mientras la preparaban para despedirla, le limpiaban la sangre que salía entre sus piernas. Seguramente era su corazón, derretido por las hierbas y el pitico e’ mejunje caliente.
Me fui a contarle al agua, pero ella ya sabía que no volvería mi hermana. Creo que se enojó mucho con el naidí que no la había protegido del frío y se puso turbia. De la rabia hizo crecer el río, al rato decidió llevarse por delante las canoas que no estaban amarradas.
Amaneció el 8 de diciembre, comimos arroz revuelto con hierbas de azotea que olían rico, pero con un sinsabor tan triste que las lágrimas sabían que debían encontrarse con nuestras mejillas. Al rato llegaron amigas de todo lado, la casa se llenó de amores. Cantaron arrullos, bundes, loas, décimas en una vigilia extendida hasta más de la madrugada que apabulló a los pajaritos.
Creo que ahí me enamoré. Su cuerpo es tan peculiar que si lo tocás por arriba suena algo y si lo tocás por abajo suena otra vaina, igual de linda, pero diferente, ¿sí me entendés? Mi Taita trataba de explicarme qué era una marimba, pero cualquier palabra quedó reducida a las 24 tablas de madera de tangare que se repicaban contentas al pie de otros cuerpos de madera y membrana de animal que decoraban el aire de ahí.
Faldas, sonrisas, colores, pareciera que el agua nunca se hubiese enojado y que mi hermana jugaba con ella a nadar y llegar primero a la ribera. Cuando se calló la fiesta, el cielo, no sé si de felicidad o de venganza, se orinó sobre nosotros.
Pasaron casi cuatro días de ausencia y el río seguía incaminable. Las redes pa’ los peces estaban más enredadas que mi pelo, el agua estaba sucia, pero sucia de cochina, ni la marimba logró que dejara de mearse el cielo. Me di al dolor con el birimbí de Taita. El coso ese me puso conversa y todo loco me dijo que agarrara una chuspita con maíz crudo, sacara tantico, lo metiera entre un retazo de guadua y trin, lo amarrara con panza de mico.
– Pero no tengo panza de mico -le dije al birimbí.
– Hay que mata’lo -respondió.
– ¿Qué es matar?
– Es cuando le ayudás a alguien a convertirse en guasá.
– Yo quiero ser un guasá cuando sea grande…
…
Nunca conseguí al mico, pero resolví atosigarle a la guadua una piedra de río que le quedaba apenas, se regó el maíz por a’í y mi alivio fueron estacas de chonta pa’ trancar las pepas.
Parecía un sirirí, zarandeando esa vaina como si fuera una maraca por todo lado. Como hace tiempos que no me abrazaba con el río, y no podía ser desagradecida con él, me fui a dedicar algunas coplitas que me aprendí desde la madrugada en que mi hermana se volvió un guasá. Faltaban poquitos días pa’ terminar las fiestas y me salió algo así:
“Vos que sos tesoro
Onde vas inquieta,
Agüita linda
Agüita linda
Vení a cantá con nosotro’.
Agüita linda
Agüita linda
Vení a danza’ con la marimba
pa que nos cuides
de to’lo males
que se nos llevan
las niña’ tristes.
Agüita linda
Agüita linda,
Vení a cantá con nosotro’ ”.
Sin pena ni permiso la agarré bien duro y me correspondió. A mala hora la verda’, porque al otro día cogíamos panga pa’ un hueco feísimo, que tenía nombre de cuchifó, dizque Cali.
Mi aparato de guadua se perdió entre el trasteo y el derrumbe del camino. Imagináte, uno ahí, tieso, sin poder tirar charco, sin chuspitas de maíz, con ganas de no despertarse y de pasar, estar de vuelta. Aquí la gente es toda rara, baila como si estuviera poseída por pescados amarraos a un chuzo, no comen ni tollo, ni piangua, comen pollo y cosas así. El pollo es como un pájaro blanco que no canta y yo creo que todos tienen parientes pollos porque hay gente muy clarita, que le falta sal en los miaos, pobrecita.
Se escucha una bulla toda maluca y suena tipo //TA, TIQUI TA, TIQUI TA, TIQUI TA//. Ni la campana, ni los pasitos cojos me sacan el genio que es, todo maluco uno desbaratándose ahí, que se queda ahí. No se goza con faldotas y la gente no se suele mojar con orines celestiales.
Ahora me mantengo con quimbas, me juago debajo de un chorro y le cuento historias de sopas de venao’ ociosas, hierbas remilgadas de yerbateros y palmas de naidí cobardes que no protegen a las niñas. No hay tanto cununo pero sí hablan trompetas y bafles que alumbran en la noche. Aquí fue donde conocí esos postes de colores que llaman semáforos, y en todo lado venden chontaduro, más bueno, porque no hay que treparse a ninguna palma ni ningún palo.
Tengo que disculparme porque creo que me enamoré otra vez, de un número, el 4. Es a las cuatro de la tarde que llega la brisa de la montaña, me da picos en la cara y cuando no llevo trenzas me vuelve el pelo un nido de camarones. Miro cómo las nubes se encaraman detrás del monte y se ponen grises como cargadas de chichí.
…
Mañana acaba la feria, suena mucha salsa, menos los pajaritos. A lo mejor decidieron quedarse en mi casa, al pie del río, terminando de completar arrullos y alabaos pa’ que nunca dejen de sonar las marimbas, pa’ que le hagan compañía a mi hermana, y en el sur, sigan amando las aguas.